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OLVIDO (una historia verdadera)

Renato ríe y saca un pañuelo, en realidad está  llorando. Al echar andar sus memoria recuerda viejos tiempos, cuando la tragedia azotó a la comunidad del pueblo.

Luz Guichard 26 de enero de 2018
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Renato ríe y saca un pañuelo, en realidad está  llorando. Al echar andar sus memoria recuerda viejos tiempos, cuando la tragedia azotó a la comunidad del pueblo. El año 1972 viajaba de regreso  a casa junto a su amigo Armando,  regidor por Hualañé, después de un  cometido cívico en el fundo Lora, entonces  el río Mataquito los alcanzó con sus brazos de agua, allí se ahogó el regidor. 

Luis Armando Vergara, así simplemente,  solo Vergara, su inscripción no establece la existencia de un padre. Nació un 25 de septiembre de 1913  en un villorrio llamado El Buche a unos  ocho kilómetros al norte de la ruta de entre La Huerta y Hualañé.  

En los albores del siglo XX nada cambiaba para los pobres, estaba preestablecido que los niños nacidos de la clase obrera campesina serían tan pobres, como sus padres y abuelos, muchos de ellos huachos, sin padre conocido, sin escuela, su futuro era ser peón de algún fundo. Así fue como Armando Vergara llegó a trabajar al fundo Paula. Con su ocupación logró comprar  una carreta y una yunta de bueyes de los cuales se sentía  orgulloso. 

Promediaba el año 1962, cuando fue despedido de la hacienda Paula por su militancia comunista,  junto a otros compañeros,  allí  donde había trabajado duramente por muchos años,  sufrió un accidente que le fracturó la columna vertebral y le imposibilitó realizar trabajos pesados. Sus dos hijos mayores, Humberto y Nelson, tuvieron que emprender la marcha a Santiago en busca de sustento para la familia,  esa era  la triste u amarga vida  de  los pobres, el trato humillante que les asignaba un sistema despiadado. Por eso, Armando Vergara, siendo un mozalbete  se hizo comunista, aun creyendo en Dios, pues  no encontró contradicción entre su religiosidad  y la causa que abrazó,  por el contrario, fue un revolucionario apasionado. 

En cuanto logró su jubilación por incapacidad física, dedicó todo su tiempo en ayudar a sus hermanos campesinos, organizándolos,  contribuyendo al despertar de sus conciencias, participando en todos los combates del pueblo, particularmente en la organización de jubilados del Servicio de Seguro Social.  

En esos  años se creó  el “Plan Colchagua” una copia europea, específicamente española  que reunía las comunas de Curepto, Hualañé, Vichuquén, Licantén  y otras muchas  en Chile, para  entregar colaboración en  labores forestales y  agrícolas al campesinado, consistentes en otorgar bombas de riego, animales,  créditos, planes de reforestación. En este lugar era donde practicaba  su  generosidad. Armando, tenía como objetivo resolver problemas, conflictos y dar apoyo a las familias que trabajaban la tierra. Estaba en su naturaleza asistir al prójimo, le brotaba por los poros la nobleza y la dedicación, pero nada presagiaba que se convertiría en el héroe olvidado de Hualañé. 

Partía el mes de mayo de 1972 cuando Renato Bobadilla, funcionario de  Indap,  conocido  vecino y  técnico agrícola se dirigía al  trabajo en su jeep, ese día debería ir a rescatar víveres, plantas, árboles que se encontraban en peligro de ser arrastrados por las aguas, ya había caído demasiada, arreciaba la lluvia. 

  —Don Renato ¿me puede llevar? —pidió Armando con avidez—,  envuelto en su poncho negro de castilla y botas de agua, preparado  para el clima reinante. 

 —¡Súbete  viejo lindo!   

Así comenzó el día, su viaje llegó  hasta el Fundo Lora, donde trabajaron codo a codo en el salvataje de plantas, semillas, granos,  tan importante en  la generación de empleos dignos para los campesinos.   De vuelta por la tarde, regresando a Hualañé y acompañados  de dos muchachos de  veinticinco  y veintiocho  años respectivamente, que viajaban en un tractor unos metros detrás del jeep.  

Renato y Armando llegarían hasta Hualañé, mientras que los otros dos trabajadores, deberían atravesar parte de la cordillera de la costa,  para terminar su viaje de regreso a casa en Rosario de lo Solís.  

Llegando al sector de  Idahue, los hombres decidieron hacer un alto en el camino,  para esperar a los muchachos del tractor, que ya  había quedado unos kilómetros atrás. El reencuentro debió esperar varios minutos, a esa altura el río Mataquito  comenzaba a meterse tierra adentro, su caudal se volvía cada vez más frenético, en un instante el camino tenía 15 centímetros de agua. Ese fue el momento en que los hombres decidieron amarrar el jeep y el tractor a unos álamos  aledaños al camino, mientras  la corriente de agua se hacía cada más tempestuosa, entonces fue cuando decidieron subir  a las ramas de los árboles, para no ser arrastrados por el río, en ese instante la oscuridad, el viento y la lluvia eran la única comunicación con el mundo. Ahora debían hacer frente a tormenta y al Mataquito, que se desbordaba por todos las sendas que encontraba en su camino. 

 —Don Armando, sáquese la manta y las botas pa´ que pueda resistir mejor hasta cuando nos vengan a rescatar. 

—¡No…Renato, me quedo con mi manta! 

Nunca flaqueó, ni en los momentos más difíciles de la lucha, sobresaliendo  por su entusiasmo y espíritu, esta vez tampoco lo haría y no se sacó su manta. Tres días después lo encontrarían ahogado  debajo de unas zarzamoras. 

—Don Renato… ¿qué hora son? —Preguntó en reiteradas oportunidades uno de los jóvenes de Rosario de lo Solís. 

—No te preocupí po Cabro, ya nos van a rescatar. Cantemos pa  que pasemos el frío. 

Esa noche cantaron sin cesar, debían mantenerse despiertos  y darle un poco de calor a sus cuerpos, para no caer al agua. 

—La Cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar, porque no tiene, porque le falta, porque no tiene un patita para caminar. 

 Así cantaron los cuatro hombres, una  de las tantas viejas canciones de la revolución mexicana,  pero lentamente fueron apagándose, el viento silenció sus voces. 

La lluvia  arremetía  implacablemente, el agua había subido  tres metros en el camino, la línea del tren que se ubicaba a media cuadra hacia el norte, también se había cubierto  de agua. 

—Oiga don Renato, yo soy super güeno  pal nado, me voy a tirar, quiero llegar luego a Rosario de lo Solís.  

De esta manera partió  el muchacho más joven,  creyendo poder  vencer a la naturaleza feroz. Tres días después fue enterrado en su pueblo, que lo fue a despedir en masa. 

—¿Dónde… estay viejo lindo?  —llamó Renato con su irreverente y cariñoso tono—  pero Armando se había  subido  a una rama  de árbol  un poco más allá. 

—Aquí estoy... 

Fue la última vez que Renato lo escuchó, en algún momento  cayó al caudal. Pesaron sus años, la manta de castilla y  el partido, Dios no perdonó  su pasión revolucionaria por considerar que el comunismo y él no eran compatibles. 

Su defunción fue certificada el día 9 de mayo de 1972, pero nadie sabe exactamente cuándo se ahogó, solo fue encontrado tres días después bajo unas zarzamoras, cuando el agua se había retirado del camino. 

Renato y uno de los chico de Rosario de Solís, fueron rescatados a las 10  de la mañana del  día siguiente, por ferroviarios que llegaron  a través de la línea del tren en un carro manual. 

Los años siguientes fueron de mucho dolor, los miembros del partido comunista, además de otros muchos chilenos fueron  asesinados y perseguidos institucionalmente por el Estado de Chile. Entre tanta desolación, también se perdió la memoria, fue mejor no recordar  a un campesino revolucionario, quizás podría ser comprometedor. Los héroes en Chile deben ser los futbolistas, bomberos, mineros atrapados, pero nunca un  campesino apasionado. 

Treinta y cuatro años después,  Renato termina de secar sus lágrimas y  reflexiona “un gran hombre se nos fue en aquellos días de tormenta, pero Hualañé olvidó su grandeza, quizás luego de tantos desencuentros  y olvido, sea tiempo de hallar a don Armando Vergara en alguna calle de Hualañé”. 

Luz Guichard Opazo

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