La historia de Teresita Canales, de la Huerta del Mataquito.

La casa de la Teresita Canales a esa hora de las cuatro de la tarde se encontraba atiborrada de gente desconocida que deambulaba, curioseando por las gigantescas y desvencijadas habitaciones.

Luz Guichard Luz Amada Guichard 05 de enero de 2018
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La casa de la Teresita  Canales a esa hora de las cuatro de la tarde se encontraba atiborrada de gente desconocida que deambulaba, curioseando  por las gigantescas y desvencijadas habitaciones.  La casona hace años que era presa de las habladurías de los vecinos y conocidos de la anciana; fueron años en que nadie    pudo entrar a la vivienda. Después que la mujer cumplió los ochenta años, comenzó a inculpar a cuanta persona se le atravesara por delante de querer apropiarse de sus pertenencias que en realidad eran vejestorios dignos de tirar a la basura.

 Un mes después de la muerte  de la señorita Teresa, los que llegaron  a su casa de la avenida Chiripilco en La Huerta de Mataquito, eran parientes, tales como  primas, sobrinos lejanos, algún cónyuge  o amigo de un familiar,  gente proveniente de otras ciudades, venían   concretamente, para ver la posibilidad de llevarse alguna joya, un mueble antiguo o cualquier cosa de valor. Los chismes de los cercanos apuntaban que la señorita Teresa guardaba valiosas joyas de  oro, plata y diamantes.

Nacida en la última década del siglo XIX, hija única de una familia de clase media alta, nunca se casó ni tampoco tuvo hijos. Desde niña mostró sus dotes intelectuales, sin embargo, como en aquella época no era apropiado que las mujeres estudiaran carreras convencionales, solo tuvo la opción de ir a las monjas, donde se perfeccionó en   pintura y piano, además de un sinfín de otras manifestaciones artísticas. Su actitud orgullosa y altiva, mezclada con su porte y delgadez le daba ese aire señorial.

La mayoría de los familiares lejanos que llegaron esa tarde a la casona nunca conocieron a la Teresita Canales, solo habían escuchado rumores, pero venían en busca de sus tesoros porque se creían con el derecho de heredar, no obstante  como eran tantos los potenciales  herederos que asistieron  al encuentro familiar,  decidieron rematarse los bienes a módicas sumas de dinero y con lo  recaudado pagarían  una tumba adecuada, de este modo descansarían en paz los restos mortales de la anciana, sería una gran solución, un buen negocio para todos y las conciencias  quedarían tranquilas.

 Después de haber encontrado esta salida  tan ecuánime, muchos se marcharon llevando viejos muebles  para restaurar, cuadros pintados por ella, un piano, vajilla inglesa y alguna que otra platería, pero nada demasiado conservado, todo necesitaría una mano de gato.

La anciana había heredado la casona de la calle Chiripilco de sus padres, que  con los años y la falta de mantención,  se encontraba  descalabrada; las puertas se arrastraban por los pisos, en invierno las goteras caían por doquier; los vidrios de puertas y ventanales estaban quebrados;  en las grietas, en los muros de adobe se escondían arañas y  ratones;  en realidad, le faltaba dinero para comer, las empresas de electricidad y agua le habían suspendido los servicios, a estas alturas  de la vida se encontraba en situación  de indigencia, difícilmente podría reparar la casona.  Sin embargo,  la propiedad contaba con un gran terreno, que a la vista de las decenas de herederos tenía un gran valor. Por esta razón un grupo de primas se asociaron para reclamar ante la SEREMI de Bienes Nacionales la pertenencia del terreno con la casona incluida, para esta gestión contrataron un abogado que mascullaba leyes y que las primas nunca comprendieron del todo porque las explicaciones jurídicas que les daba, les entraban por una oreja y le salían por la otra, tampoco jamás se supo qué hizo el jurista con el cerro de certificados de nacimientos del árbol genealógico  de la parentela de los Canales.

La Teresita a sus noventa y tantos años se encontraba en la soledad absoluta, ya no era capaz de procesar sus alimentos, pero tampoco tenía las condiciones económicas para adquirirlos, sin embargo, siempre hay una vecina misericordiosa y solidaria, una vez al día le llevaba un plato de comida, el que se lo entregaba por los barrotes de una ventana, ya que, la puerta la calle la mantenía cerrada con cadena y candado. De este modo transcurrieron los últimos tiempos de la señorita Teresa. Lejos estaban los días donde vestía a la moda llevando guantes y cartera colgada de su brazo con placas interiores a su nombre, daba clases de catecismo a los niños del pueblo y tocaba armonio en las misas dominicales.

En un mediodía  de primavera, como era habitual,   la vecina  llegó con su plato de comida caliente, sin embargo, por más  que golpeó  y gritó la mujer, nadie acudió a su llamado.  Al anochecer acudieron los carabineros a descerrajar el candado que mantenía unida la cadena, los que entraron al dormitorio de la anciana quedaron espantados al ver la escena que allí sucedía, el panorama era dantesco. La señorita Teresa se encontraba muerta sobre la cama, su rostro estaba totalmente destrozado, los ratones se lo habían  devorado.

Transcurrió el tiempo  y al  llegar  el año 1996 se realizarían   la segundas elecciones  parlamentarias, después de la vuelta a la democracia, por tanto, los candidatos salieron a desplegar sus tentáculos  de poder,  estas votaciones eran cruciales para la concreción   de los requerimientos ciudadanos, por tanto, los candidatos corrían  ofreciendo dádivas, saludando y regalando  todo lo que no era  de ellos, para eso recurrían  a los recursos del estado, tramitando subsidios, jubilaciones y otras tantas prestaciones.

  Uno de los diputados electos que  se encontraba postulando a la reelección,  entonces  acudió a los influjos  que tenía  sobre los funcionarios públicos, que años atrás había instalado con el  tráfico de influencias   en la SEREMI de Bienes Nacionales, con el fin, de que en algún momento le devolvieran la mano, aunque fuera saltándose las leyes, ya que, estas eran solo para que la gente común las practicara,  jamás las autoridades corruptas. Y como de la nada, una tarde de campaña electoral en La Huerta de Mataquito, donde desfilaron  los candidatos haciendo sus ofertas a los ciudadanos, apareció el diputado Roberto León, exhibiéndose  con  la donación de la casa de la señorita Teresa a la comunidad.

El parlamentario luego de vanagloriarse con la gestión,  le solicitó  a otros funcionarios, también  instalados por él, pero esta vez del Gobierno Regional, para que  la casona que ya a estas alturas era solo un montón de adobes  abandonados se convirtiera en un gimnasio.

Así, todos quedaron satisfechos, a veces el destino trae remedios salomónicos y las personas  con la  voluntad tuercen los finales,  para ser un poco más felices. De este modo Los familiares  de la señorita Teresa, pudieron llevar una que otra pertenencia  a bajo costo, las primas esperaron que la SEREMI de Bienes Nacionales les adjudicara la herencia de la propiedad, pero solo esperaron, ya que el  diputado de la nación,   se atribuyó  el derecho de donarla en nombre propio, por ende fue reelecto como honorable diputado de la nación, el abogado ganó el dinero que las primas  pagaron por un trámite  sin resolver  y la Teresita Canales por fin tuvo un lugar apropiado para echar a descansar sus huesos.

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