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ROSA, LA NIÑA HUALMAPINA

Entre los cerros al sur del río Mataquito, a unos 5 kilómetros de Hualañé, se encontraba el caserío de Hualmapu. El trayecto entre estas localidades, era un sendero muy poco delineado, la naturaleza era abrupta, lo cortaba una y otra vez con boldos, maquis.

Luz Guichard Luz Amada Guichard 21 de octubre de 2017
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La fiel yegua

Entre los cerros al sur del rio Mataquito, a unos 5 kilómetros de Hualañé, se encontraba el caserío de Hualmapu. El trayecto entre estas localidades, era un sendero muy poco delineado, la naturaleza era abrupta, lo cortaba una y otra vez con boldos, maquis. Los litres, las zarzamoras y los peumos florecían de la tierra pedregosa, en ocasiones detrás de las arboledas aparecía una quebrada insalvable de ser cruzada, entonces se debía rodear, haciendo más largo y penosa la marcha, muy pocas personas hacían la travesía a pie. Los escasos habitantes de Hualmapu que iban por víveres, insumos y a surtirse de los elementos necesarios para subsistir en aquellos solitarios parajes, viajaban a lomo de sus caballos, estos animales conocían el camino y no necesitaban de sus amos para que los guiaran por la espesura del follaje de las colinas y quebradas.

Rosa Meza Gómez era una niña hualmapina, la cuarta hija de siete hermanos, seis mujeres y un varón. José, el padre, cada vez que su esposa Ana, se embarazaba, soñaba que a su prole se sumaran hombres, para que trabajaran la tierra y así ayudaran a sustentar a la familia, pero la providencia le había jugado una mala pasada, de los retoños solo nació un varón, que para mala suerte se caracterizaba por la mala salud y entre tantos cerros, árboles y animales nada lo ayudaba en prevenir los síntomas del asma, diversas alergias, además de un débil sistema inmunológico que no lo protegían de las infinidades de infecciones que lo atacaban.

Así fue como Rosa se transformó en la pastora de la familia, desde sus cortos siete años debió partir cada día al alba con un rebaño de animales y la Pidena, la yegua de la casa. Junto a las cabras y borregos recorría los campos buscando pasto para estos seres que se convirtieron en sus mejores amigos en sus primeros años de vida.

Ana, la madre, le daba cada día una botella de agua y una olla de ulpo de harina tostada, de esta forma Rosa emprendía la jornada laboral, hasta que entrado el día, cuando comenzaba a ponerse el sol en el horizonte y la niña reunía nuevamente su rebaño para regresar a casa.

Cada hermana tenía su propia función dentro del núcleo familiar, Juana, se dedicaba junto al padre a la siembra y cosecha de las plantaciones de maíz, trigo y del huerto. Las otras dos hermanas, Abelina y Belinda pasaban su tiempo dedicadas junto a su madre a la esquila de las ovejas, hilar lana y la elaboración de mantas de lana. Todos debían colaborar con la economía familiar, la vida no era fácil en esas lejanías, siempre fue necesario mantener provisiones de todo tipo, para los momentos de dificultad y estrechez, en un pequeño granero acumulaban los alimentos y granos, todo espacio servía, ente el techo de tejas y las cerchas se podían ver los ataúdes desde las camas cada vez que la familia se iba a dormir. La vida cada día le enseñaba a José Meza que se debía ser previsorio en momentos de contingencias.

La pequeña niña Aprendió a leer en la escuela del caserío de Hualmapu, así pasó yendo cuatro largos años al primero básico porque solo había una profesora, la que impartía todos los años el primer grado, por tanto los niños debían repetirse año tras otro el mismo grado, de esta manera terminó aprendiendo a leer y escribir.

La Pidena era una yegua colorada, muy entusiasta, algo enjuta, pero con una musculatura muy bien desarrollada, pues subía y bajaba cerros constantemente. Cada vez que era montada por algún miembro de la familia, partía al trote, como si la misión fuera de suma urgencia. En ocasiones trasladaba a sus amos hasta Constantué, un poblado algo más grande, donde había un retén de carabineros que era financiado por una familia del lugar, a quien unos asaltantes mataron al dueño de casa. Inicialmente fue inculpada la esposa del muerto, yendo a parar a la cárcel, entonces se puso en movimiento el hijo de la mujer encarcelada, el cual era bogado, sería la única vez que ejercería su profesión para sacar a su madre de presidio.

Un día cuando Rosa cumplió once años su padre la envío a la estación de trenes de Hualañé en busca de unas semillas que llegarían a través del tren procedente de la ciudad de Curicó. Él se hubiese apersonado a la estación para llevarlas a Hualmapu, sin embargo, José se encontraba seriamente afectado por un terrible dolor lumbar producto del trabajo de la última cosecha de trigo.

La Niña partió al mediodía de un día de verano desde Hualmapu hacia Hualañé, el camino más rápido era el más dificultoso y peligroso, demoraría al menos tres horas a lomo de la Pidena. Arribaría a la estación alrededor de las tres de la tarde.

Al llegar dejó a la yegua en los bebederos de los animales de la estación, mientras recogía los encargos, descansaba y comía el mote con papas que le había dado su madre antes de partir.

De esta forma Rosa partió camino a la placita del pueblo, todo llamaba su atención, los ojos fugaces recorrían cuanta cosa se le atravesara por delante, la ropa de las señoras, los escasos autos y camionetas que circulaban por las calles, pocas veces en su corta vida había tenido la oportunidad de ver en vivo a mujeres con los labios pintados de rojo, así fue como se distrajo, cuando se dio cuenta que el sol comenzaba a bajar en el horizonte, emprendió nuevamente camino a la estación, pero al llegar allí, su corazón dio un vuelco, al constatar que la Pidena no se encontraba amarrada al árbol que la había dejado, entonces comenzó a correr por las calles del pueblo buscando a la yegua, pero esta se había desaparecido, Rosita no tenía a quien recurrir, el animal era su único lazo fraternal en medio de esa gente desconocida, la soledad se instaló en su alma y el miedo la congeló, pero cuando descubrió que el sol ya no alumbraría más ese día, decidió volver a su casa, no sabía que explicaciones les daría a sus padres, pero al menos no estaría sola, sin embargo, ya no podía regresar sin luz por el camino directo, entonces tomó rumbo a Constantué. Allí podría pernoctar en la casa de alguna familia conocida entretanto amanecía y emprendía camino a su casa, aunque fuera con las manos vacías. Corrió más de una hora y mientras lo hacía sollozaba desconsoladamente más que por el temor al castigo de su padre, la invadía la pena por la desaparición de la Pidena ¿Dónde estaría su querida compañera? ¿Qué haría de ahora en adelante sin la yegua?

Al entrar a Constantue, Rosita se dirigió directamente al restorán, donde los viajeros hacían un alto para beber y comer, además de alimentar sus animales, en el frontis del lugar se hallaban varios caballos amarrados a los árboles. La niña se acerco a la puerta para pedir agua, pero unos de los caballos que allí se encontraba le cerró el paso relinchando, era la Pidena, que aburrida de esperar a Rosa en la estación de trenes de Hualañé, se había marchado, recorriendo algunos kilómetros hasta Constantué. Las dos esperaron que amaneciera para tomar rumbo a Hualmapu, atravesando esos añorados cerros, llenos de pájaros cantores: chercanes, chincolitos, jilgueros que trinaban a cada trote de la Pidena. A lo lejos la niña divisó a sus padres, José y Ana que la buscaban cerca de la pirca de piedra que daba el recibimiento a la entrada a Hualmapu. La Pidena dio un brinco, habían llegado a su casa.

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