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ALLENDE Y EL NIÑO HUALAÑECINO

"Era mediados del año 1964, faltaban pocos meses para las elecciones y el candidato presidencial recorría el país..."

Luz Guichard Luz Guichard 29 de julio de 2018
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Desde la Punta de Diamante se divisaba una polvorienta caravana de autos que llegaba a Hualañé, venían por la única entrada al oriente del pueblo, entre ellos se veía un Ford Sedan, año 1954 de color negro que traía al futuro presidente de Chile. En el centro del pueblo se inauguraría la plaza de armas y en uno de sus prados se había elaborado una bella jardinera  repleta de pensamientos  de muchos colores con la letra “ese”, para homenajear a Salvador Allende. Era mediados del año 1964,  faltaban pocos meses para las elecciones y el candidato presidencial recorría el país dando discursos sobre los derechos de los niños, mujeres, trabajadores y cómo  los recursos naturales del país debían estar en manos de Chile.

Aquella mañana gran parte de los habitantes del pueblo estaba a la expectativa de la llegada del candidato: campesinos, trabajadores, dueñas de casa, jóvenes, todos esperando ver y escuchar a Salvador Allende. Por tercera vez se presentaba como candidato presidencial y en esta ocasión su contrincante más temible era Eduardo Frei Montalva, que finalmente ganó las elecciones del 4 de septiembre 1964, siendo elegido por los chilenos, para que gobernara los siguientes próximos  6 años hasta el año 1970.

No había llovido en días y la mañana comenzaba a lanzar sus primeros rayos de sol que secaban la tierra del camino, el viento puelche levantaba miles de partículas de tierra, haciendo dificultoso respirar, pero allí se encontraban cientos de personas a la espera, todos ellos con una gran emoción en el alma, aquel hombre removería corazones y conciencias, sería el evento sociopolítico más relevante de sus vidas, desde allí sembrarían pequeños grandes sueños que aún se refugian en los espíritus de muchos.

El niño recibió la orden de su padre para que subiera al anca del caballo.

—Súbete Juan, iremos a la plaza a ver al compañero Allende, apéate luego cabro. —Así salió  desde la  casa el carnicero Durán,  junto a su pequeño   hijo Juan de  cinco  años de edad, galopando en un caballo mulato camino a la  ceremonia de inauguración, donde estaría er reconocido visitante.

Al llegar allí,  gran parte del pueblo se encontraba reunido, algunos fisgones, el alcalde Alamiro Díaz, los regidores,  Temístocles Valenzuela y  Armando Vergara,  que años más tarde encontraría la muerte, trabajando en pro de sus convicciones,  gente común y humilde que esperaban ansiosos.

Al llegar a su destino el niño Juan que iba al  anca del caballo de su padre, quedó impactado cuando alguien le señaló que aquel señor con lentes de gruesos marcos negros y vestir elegante era Salvador Allende, desde sus cortos años,  el niño presintió la importancia de ese hombre, que sin ni darse cuenta resbaló por la cola del caballo y cayó a tierra. Fue un breve tiempo  de no saber qué ocurría, al parecer en la caída Juan se había golpeado la cabeza y por unos instantes perdió la conciencia, suficiente tiempo para que unas  mujeres allí presentes comenzaran a gritar:

— ¡Se mató el hijo de Durán!

Cuando el niño abrió los ojos, ya había sido llevado a su casa. Pronto todo volvió a la normalidad  y el nerviosismo por la salud del muchachito  pasó, su madre le dio un trozo de carne asada para que  recuperara las energías, entonces caminó despreocupadamente hacía el patio, cuando inesperadamente los ojos del niño se cruzaron con la figura de Salvador Allende, instintivamente Juan trató de esconder la presa de carne tras su pequeño cuerpecito, pero el doctor Allende ya lo había visto.

—Niño que come no muere. —dijo el futuro presidente de Chile, pegándole unos golpecitos cariñosos en la cabeza. 

Muchos años más tarde, Juan Durán, recordaría nostálgicamente cómo el presidente Allende lo había visitado en su casa de niño humilde.

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