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JUAN DE DIOS

Otra entrega de nuestra colaboradora con su prosa tan interesante

Luz Guichard Luz Amada 31 de agosto de 2018
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JUAN DE DIOS 

La tierra gredosa del cementerio estaba  saturada de agua, desde el cielo   las nubes se agolpaban una sobre otra,  la lluvia no daba  respiro, el aguacero arreciaba,  la sequía que perduró  por años  dio paso a  un ejército de nubes que chorreaba  el agua como   un río  desbordado, así el viento compañero de la  lluvia, volcó  el florero de plástico  que contenía   un  pequeño manojo de lánguidas flores. 

De vez en cuando  Rosa y su hija visitaban el campo santo, para ofrendar flores a sus muertos y a otros difuntos olvidados en el tiempo, así se dirigieron al pequeño espacio de tierra, donde se encontraba enterrado el cuerpo mutilado de un hombre, no poseía ninguna señal de su ubicación, años atrás tuvo  una pequeña cruz de madera, donde estaba  escrito su nombre, “Juan de Dios”, pero el paso de los años  la arrancó, solo un florero plástico indicaba el lugar de la sepultura, de esta forma  las mujeres colocaron  un pequeño ramillete de narcisos. 

Una tarde de invierno casi al anochecer, desde el tren que llegaba a Hualañé, bajó un muchacho de alrededor de unos veintitrés años,  de mediana estatura, pelo negro y tieso que delataba su sangre indígena, el ceño fruncido junto a su piel morena, le daban apariencia de un gañán, venía con un sombrero raído por el tiempo, estilo stetson. Al descender del vagón miró a todos lados y caminó sin dirigirse a ninguna parte en especial, comenzaba a caer la noche: de una bolsa que traía colgada a la espalda sacó una frazada deshilachada y en una banca de la estación de trenes, que ya comenzaba a quedar vacía, se acostó y cubrió su cansado cuerpo. Esa noche arreciaba el frío, pero ese hombre curtido por los embates de la vida se durmió, olvidándose por completo de su azaroso pasado. 

A la mañana siguiente se levantó, guardó la frazada en la bolsa y bebió agua del abrevadero de los caballos, que se encontraban a un costado de la estación. Juan de Dios estaba acostumbrando a comer muy poco, no siempre podía, desde niño se alimentó de las sobras de otros, pero en  esta ocasión  el hambre que sentía le hacía doler el estómago, necesitaba  imperiosamente  comer, aunque fuera un poco,   esta vez era de suma urgencia alimentarse de lo que estuviera a su alcance. 

Deambuló un rato por el pueblo con la intención de encontrar alimentos, hasta que desde un restorán lo atrajo el aroma a comida. Sin pensarlo mucho entró al local, para transar comida por su trabajo, ya que no llevaba ni un peso encima. Allí se encontró con una hermosa mujer, la dueña del local, Carmelita, quien al verlo, sin más ni menos le dio a comer un rico plato de cazuela que le calmó el hambre. La mujer era conocida en el pueblo y a sus alrededores por su buen corazón, pronto le encontró trabajo de peón en un fundo, ubicado entre la serranía muy lejos del pueblo.  

Juan de Dios, debía caminar algo más de dos horas a tranco largo para llegar a Hualañé,  toda vez que quería comprar yerba mate y azúcar.  

Cada noche improvisaba una pequeña hoguera en una bodega del fundo, la que había convertido en su hogar, luego tiraba al suelo un colchón desvencijado y se tapaba con su deshilachada frazada. Allí pasaba las noches el muchacho, solo con su presente de hombre pobre y su pasado de niño huacho, las esperanzas solo le alcanzaban para vislumbrar el plato de comida que le darían al día siguiente a cambio de su trabajo. 

Una mañana mientras que Juan de Dios desmalezaba un potrero del fundo vio pasar a Lupe con su pequeño hijo, la mujer caminaba para alcanzar el sendero por donde pasaría el micro a Hualañé. Ella al cruzarse con el muchacho lo miró con sus rasgados ojos negros y le sonrió con gran picardía.  

–Buenos días, caballero. –le dijo ella con su voz de niña. 

–Buenos días. –contestó Juan de Dios, bajando los ojos. 

Esa noche los sueños del muchacho alcanzaron mucho más allá del plato de comida, tenía frente a sus ojos la amplia sonrisa de Lupe, que casi lo rozaba. De ahora en adelante tendría por primera vez una razón de vida. 

Así se encontraron muchas mañanas y tardes, hasta que regresó el verano a esas serranías pérdidas en el tiempo. 

Una mañana Juan de Dios no llegó al trabajo, el capataz del fundo salió en su busca, lo encontró tirado en un charco de sangre, alguien lo había atacado brutalmente, probablemente otro hombre, le habían cercenado los órganos genitales. ¿Quizás una venganza? ,dijeron los campesinos del lugar. 

El capataz corrió en busca de la camioneta del patrón para llevarlo al hospital de Hualañé, sin embargo, todo fue inútil, Juan de Dios murió a las pocas horas de llegar al hospital. El doctor trató en vano de preguntarle quién le había agredido con tanto salvajismo, pero no pudo responder, su mente navegaba por los recuerdos de esos últimos meses de vida, cuando su pelo duro y negro reposaba en el pecho de esa mujer. 

Entonces otra vez apareció Carmelita con su generoso corazón, pero ahora en el momento de la muerte. 

–Hay que enterrar a este cabro, como Dios manda.  

Le compró un cajón y le hizo un pequeño funeral, velándolo en su casa, las mujeres rezaron muchos rosarios para que el alma del muchacho pudiera entrar al reino de Dios, aunque muchas de ellas lo dudaban en su fuero interno: amar a la mujer de otro hombre, era un pecado mortal. Pero Carmelita no desistió, tomando de la mano a su pequeño hijo adoptivo, el Chama como todos le decían, partió detrás del cajón, hasta el cementerio, allí le colocaron una cruz de madera con su único nombre conocido, Juan de Dios. 

Muchos años después, Rosa y su hija, aún le colocan flores a Juan de Dios, la cruz de madera ya no existe y esta vez, el florero de plástico lo arrastró el viento y la lluvia,  los narcisos quedaron enterrados en el barro de la tumba olvidada.

 

 

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