NADIRA Y JÉSICA

Luz Guichard 05 de noviembre Por
Otra amena y nostálgica narración del pasado de nuestra zona.
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Aquella mañana de invierno parecía  un poco más triste, había muerto doña Nadira Concha y Jésica quedaba en la total indefensión. La noche anterior, como era su costumbre  se había ido a dormir muy tarde, después  de cerrar  su negocio, donde vendía  cigarrillos sueltos,  mejorales, chicles y otras muchas chucherías  de poco valor, pero que siempre estaban a mano para  los que deambulaban hasta altas horas de la noche por el pueblo. De un minuto a otro se quedó sin aire, un infarto al corazón  le quitó la vida, quizás Jésica   intentó  ayudarla en sus  últimos minutos, sin embargo, no supo cómo  hacerlo. 

Originaria de Calpún, un poblado cerca de Curepto, Nadira, había sido una mujer de carácter fuerte, decidido; su tono de voz alto y grueso delataba esa forma avasalladora de ir por el mundo, hasta en los momentos más solemnes y ceremoniosos que acontecían en el pueblo los salpicaba de esa extraña forma que tenía de marcar presencia. Cada domingo, después de algún un tiempo de iniciada la misa en la iglesia del pueblo, mientras el cura declamaba el sermón, la mujer hacía su entrada triunfal, vestida  de un ceñido y colorido ropaje, sus negros ojos  cargaban enormes pestañas postizas y el resto del  rostro con profuso maquillaje, caminaba decididamente con  tacones muy altos,  que producían un eco en cada golpe que daban sobre el piso del templo, haciendo que todos los feligreses se volvieran a mirarla, mientras el cura impertérrito seguía con su acostumbrado  sermón, ya que, sabía que  tal escenario ocurriría invariablemente cada domingo. 

En uno de los viajes que Manuel Concha Realizó  en taxi,  desde Curepto a Calpún,  conoció a Nadira Díaz Céspedes, una joven curvilínea y vociferante, que ya por aquellos tiempos era la bomba sexy del lugar, entonces la invitó a subir al auto, allí   cruzaron las primeras palabras,  desde aquel día los encuentros fueron arriba del taxi.  De  cita en cita el hombre sucumbió al amor y terminó pidiéndole matrimonio. 

Mientras Nadira esperaba a su novio en el altar, comenzó  a oír que se aproximaba unos golpes  entrecortados, era un ruido que había perdido el compás, en aquel minuto  decidió mirar de  dónde procedía tal golpeteo, al volver la cabeza,  vio a su novio que se acercaba en un vaivén y en cada paso que daba con la pierna más larga,  la otra le quedaba colgando, en aquel momento tuvo la certeza que su futuro esposo sería un cojo. 

El matrimonio de Nadira y Manuel, partió  de Calpún en busca de nuevos rumbos llegando   a Hualañé, y como emprendimiento para ganarse la vida,  instalaron un restorán al que decidieron llamar “El Quita Penas”, que más bien, era una cantina de poca monta,  donde  los hombres del pueblo  acudían  a pasar las penas, además  de las alegrías,  tras  copas y más copas de vino.   

Tiempo después, cuando las cosas mejoraron financieramente, abrieron  el famoso “Hotel Royal”, que por décadas recibió a lo más pomposos visitantes que venían  al pueblo, especialmente a  políticos de la época, que llegaban, haciendo campañas parlamentarias y presidenciales, invitando a cuanto incauto  pudiera escuchar las sandeces  de sus discursos,  que sumaban palabras, verdades que se sustentaban con mentiras, pero  que siempre restaban significado a las ideas.  

Los años no transcurrieron en vano para Nadira, ya viuda y solo acompañada de sus mascotas,  que habían pasado a ser parte de su familia, continuaba almacenando excentricidades, las que la convirtieron en la chacota de muchos, pero ella permanecía imperturbable frente a las burlas. 

Un día un grupo  de muchachones que recorría las calles del pueblo acompañados solo del invierno, pasaron frente al boliche de doña  Nadira y  escucharon la radio que mantenía encendida. Fue ahí cuando se les ocurrió hacerle una broma, corrieron a buscar un micrófono,  para intervenir la radio. En ese instante generaron una nueva frecuencia desde la radio de un auto, haciendo posible que la   señal se escuchara en el   aparato radial de la mujer.  

—Muy buenas noches radioyentes hualanecinos —emergió la voz del falso locutor por la radio de doña Nadira Concha—. Queremos informar una grave noticia, un virus que ataca a los perros se ha propagado en Hualañé y si  estos no son vacunados a la brevedad morirán antes del amanecer. Por tanto, le solicitamos a los dueños de perros, acudir de urgencia al hospital con sus mascotas, para ser inoculados. 

Mientras los jóvenes bromistas esperaban agazapados, para ver la reacción de la mujer, esta, al oír la terrible noticia comenzó a llamar a su perrita. 

—Jésica, Jésica, Jésica, Jésica! —la llamó con desesperación una y otra vez. 

Luego cerró el bolichito  y partió rápidamente con Jésica al hospital, el que se encontraba a unas dos cuadras de distancia, mientras  que los muchachos  se quedaron a la espera de lo que aconteciera,  riendo  a carcajadas. 

Minutos después volvía Nadira junto a la perra, los improperios rompían el silencio, aquella noche hasta el diablo debió taparse los oídos. 

Transcurridos algunos años, el futuro retrocedía y   la perrita era la única que la acompañaba en  la vejez, pero sus  extravagancias aún florecían,  ir vestida a la moda era uno de los grandes intereses de la mujer,  más allá de los años que le sumaban arrugas y achaques, siempre tenía algo nuevo que mostrar, un traje rojo furioso, unas botas verdes, un nuevo corte de pelo, en fin, la moda tenía  cientos, miles de maneras de manifestarse y doña Nadira, constantemente a pesar de las vicisitudes  que la vida le imponía,  usaría todos los artilugios a la mano, para ir vestida   a la moda. 

Un día de esos, al amanecer se      escucharon  los quejidos y   llamados de auxilio de la mujer,  la perrita  acudió de inmediato a su  encuentro para ayudarla, tal cual  lo  hizo  con ella  tiempo atrás,  cuando falsamente recibió la noticia  de un virus mortal. Frente a la  agonía de su madre adoptiva, le lamió  el rostro y manos, movió la cola como un revoloteo de alas de pájaros, gimoteó vehementemente, pero Jésica, nada pudo hacer para socorrerla: esta vez no era chacota. 

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