DON LICHO

Luz Guichard 10 de septiembre Por
Como todos los días don Licho practicaba su ritual militar, llevándolo al extremo del profesionalismo con cada acción y artilugio que usaba para dar forma a su ejercicio castrense.
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Como todos los días don Licho practicaba  su ritual militar, llevándolo al extremo del profesionalismo con cada acción y artilugio que usaba para dar forma a su ejercicio castrense.

—¡Atención!  —vociferaba el hombre a su pelotón, para reunirlos.

 Mantenía  los hombros rectos, el pecho levantado y la parte superior del cuerpo alineada con las caderas. Era un perfecto soldado, dando órdenes a sus subordinados.

—¡Firmes! —volvía a gritar con la cabeza y la mirada al frente, luego permanecía  un momento en silencio. Juntaba los talones para que quedaran parejos, tratando  de balancear su peso en ambos pies.

—Posición de descanso. —ordenaba,  mientras se mantenía sobre  el pie derecho, moviendo el  izquierdo unos   centímetros.

—Descanso a discreción. —soltaba el  cuerpo, para retomar su performance en unos cuantos segundos.

—Presentar armas —saludaba don Licho, levantando la mano derecha rápidamente con los dedos juntos y extendidos, manteniéndolos  un breve tiempo por encima del ojo  y su inverosímil casco.

—Descansen armas. —bajaba rápidamente el fusil que llevaba colgando de su hombro.

Así, Andalicio Guerrero marchaba  a diario por el  pueblo, se encontraba en esa etapa de la vida cercana a la ancianidad, pero  aún mantenía  la energía y el vigor para cumplir sus sueños de ser un gran militar.

Educado e intenso, años antes se había desempeñado como administrador del fundo Paula. El hombre era algo singular,  su mente navegaba extraviadamente de la realidad a la locura, condiciones que se complementaban perfectamente y lo convertían en un ser único, vestido con ropa que simulaban las de un soldado:  botas bajo la rodilla, una correa  a la cintura por encima  de la chaqueta, de  uno de sus hombros colgaba un palo de escoba amarrado de un cordel que reemplazaba a un fusil y en la cabeza llevaba la mitad de una pelota plástica a modo de casco. De este modo marchaba cada día por las calles del pueblo, circulaba  manteniendo un ritmo  cadencioso y constante, como lo hacen los militares de verdad.

A los hualeñecinos, ya no les parecía raro ver a este hombre marchando como un militar, habían transcurrido muchos  años  realizando el mismo ritual, ciertamente lo más peculiar era que,  mientras marcaba el paso desfilando por las calles, daba  órdenes militares a su pelotón de soldados imaginarios y  vitoreaba ¡Viva Chile, viva Cuba, viva Fidel! una y otra vez.

Tampoco se sabía  si mantenía una doctrina política, quizás eran los años que vivía Chile, entre las décadas 50s hasta principio de los 70s, donde la influencia de la Unión Soviética y la revolución  cubana, para bien o para mal, sacudía   Latinoamérica. Quizás tanta arenga política  y su mente desorientada lo convertían extrañamente en un soldado chileno de izquierda.

Una día de verano en la cancha de fútbol  del pueblo encontró a un grupo de niños jugando con una pelota de trapo; nadie le hizo mucho caso cuando llegó don Licho, ya todos conocían sus extravagancias, marcharía, gritaría ¡viva Chile, viva Cuba, Viva Fidel!, siempre en este orden tan sutil que a veces hacia dudar de qué tan perdida  estaba su cabeza.

—Chiquillos, vengan acá. —los llamó con voz segura, mientras los niños   curiosos, corrían a su lado para ver qué quería el hombre.

—Les daré  una moneda de 500 pesos si marchan conmigo. —Los muchachitos se colocaron en fila, en tanto, él comenzó a darles órdenes.

—¡Atención! un, dos, tres…!

Así  don Licho continuó  dando instrucciones por alrededor de la cancha a Pedro, José  Domingo, Manuel y otros cinco  niños   más. Una vez que decidió terminar el evento les pasó el dinero  y se fue con el pecho henchido de satisfacción, había  sido dueño de un fugaz, pero real momento de acción militar con  ese pequeño grupo de soldaditos, lo más  cercano en años a un verdadero pelotón.

El 11 de septiembre de 1973 Chile cambiaría para siempre, solo en Santiago murieron 588 personas a manos de las Fuerzas Armadas. A Hualañé  también  llegó  la represión,  se apresaron a muchas autoridades y otras quedaron con arresto domiciliario, prescribiéndose  todos los partidos y las actividades políticas, además  se instauró  el toque de queda que duraría  años. Sin duda fue un golpe a todas las libertades que hasta ese momento eran tan normales.

Después de tanta conmoción producto del golpe de estado la gente del pueblo comenzó a preocuparse de las consecuencias que le podría acarrear a don Licho seguir gritando su peculiar arenga militar;  muchos se encontraban con el corazón  en la boca, la dictadura instaurada en Chile era claramente anticomunista y despiadada,  y el hombre vociferaba en pro del comunismo.

Pasado un tiempo y un poco calmada la situación, don Licho  retornó  a las calles del pueblo. Venía vestido como siempre, además de su ropa adaptada  a un uniforme militar, su fusil de palo, apareció en la calle Libertad, frente a la plaza y al hospital, comenzó a  marchar tomando rumbo hacia el oriente.

—¡Atención, firme! —gritó don Licho.

Los hualañecinos que allí se encontraban en ese momento,  quedaron perplejos,  solo atinaron a pensar, ya que, era peligroso hablar ¿qué iba a pasar con don Licho de ahora en adelante? ¡Dios lo proteja!

—¡Viva Chile, viva Pinochet, viva el ejército de Chile! —así gritó hasta sus últimos días, cuando  sus pasos se acortaron y la vida  se le escapó por entre sus años.

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